Palabras de aceptación del título de Doctor Honoris Causa en Derecho

Abelardo De La Espriella

Universidad Autónoma del Caribe, Barranquilla marzo 31 de 2016

En la extraordinaria obra filosófica, El avance del saber, el pionero del pensamiento científico moderno, sir Francis Bacon, planteó una reflexión que se ha convertido en norma de mi vida: “Quisiera vivir para estudiar y no estudiar para vivir”.

Quince años de litigio me han enseñado que el ejercicio profesional no puede cumplirse a cabalidad, si el abogado se desprende de las aulas universitarias, si se desaferra de los libros y de las investigaciones académicas.

Concurro a este distinguido recinto, embargado de felicidad y gratitud. Con humildad, recibo el título de Doctor Honoris Causa en derecho que se me ha conferido en el día de hoy, por parte de la Universidad Autónoma del Caribe, claustro académico que es merecedor de mis más altos y distinguidos sentimientos de respeto y cariño.

Soy un hombre que lleva el Caribe en su código genético y hago parte de aquella generación que se ha trazado la meta de impulsar el desarrollo económico, político y, por supuesto, cultural y social de nuestra región.

Barranquilla ocupa un lugar singularísimo en mi corazón. Y ello porque esta ciudad y yo tenemos algo muy en común: la libertad. Aquí no llegaron los españoles a colonizar. Esta es una ciudad construida por hombres y mujeres libres, personas de todas las naturalezas, amantes de la libertad, liberales que pretendían un mejor vivir.

La Universidad Autónoma del Caribe, es reflejo de aquel liberalismo. El maestro Mario Ceballos, a finales de la década de los 60 del siglo pasado, sentó las bases de un centro académico en donde no existieran fronteras a la hora de estimular la inquietud por el saber. Muy seguro estoy de que si el Doctor Ceballos Araujo estuviera hoy aquí, entre nosotros, exhibiría el gesto propio de los triunfadores al ver la dimensión e importancia que en Colombia ha adquirido su obra, sobre todo ahora, cuando la horrible noche ha cesado, y la Universidad Autónoma del Caribe está en su mejor momento, desde que fue fundada.

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Yo no soy un abogado vergonzante, de esos que utilizan a otros para que litiguen por ellos. Vivo con pasión la labor de defensor. Alguna vez un periodista inquirió por mi filiación ideológica. Sin muchos rodeos, le respondí que mi militancia se limita a representar, con ahínco, los intereses de mis clientes, a quienes siempre trato con la consideración humana que merecen. El buen jurista no debe involucrar sus convicciones políticas y religiosas en el desarrollo de su profesión, pero sí todo su saber intelectual y su sensibilidad humana.

Los abogados, a veces, olvidamos que quien está al frente nuestro es una persona con sentimientos, angustias y expectativas. Son seres humanos que, en ocasiones, solo tienen de su parte al abogado, a aquel que los representa, que los defiende, que les ayuda a sobreponerse del mal momento que les puso la vida por delante. Cuando un cliente está privado de la libertad, el abogado es su compañero de desgracia, comparte con él la soledad, el desasosiego y la melancolía de la celda rigurosa.

Suscribo las palabras de la escritora Susan Sontag, cuando apuntaba que su capacidad de compasión se ampliaba, en la medida en que profundizaba en la literatura universal. ¡Y cómo no tenerla al imbuirse en los avatares que tuvo que enfrentar Edmundo Dantés, ese héroe de Dumas que nos enseñó que toda la sabiduría humana se encierra en dos palabras: confiar y esperar!

El trasegar por la vida me ha dejado multiplicidad de enseñanzas. He aprendido no sólo a conocer a la humanidad, sino a interpretarla. Somos seres complejos, imperfectos; nuestro comportamiento social no responde a un patrón claramente previsible: en un instante y de manera imperceptible, una persona puede cambiar para siempre -y tal vez sin proponérselo- el destino de su existencia. Creo, firmemente, que nadie está legitimado para ser el sensor moral de otro.

Gracias a esa claridad, me he convertido en un ser comprensivo. ¿Quién soy yo para juzgar el comportamiento de alguien? Más bien, considero que mi papel en el mundo es el de defender y ayudar a dilucidar ante la sociedad aquellas conductas en las que incurren nuestros semejantes; esclarecer la verdad, valorar las pruebas, mirar con calma y serenidad cada uno de los procesos, para asumirlos con ardentía y coraje.

No hay una causa penal que no traiga consigo un drama humano. Sin embargo, las fatalidades son rebeldes y nunca se doblegan ni se dejan poner tras las rejas. Una anciana meretriz puede tener el corazón de una virgen; una muchacha virgen, a su vez, puede tener corazón de prostituta. Cuántas veces no vemos a quienes presentan como “peligrosos” delincuentes que, en el fondo, no son más que unos seres colmados de ingenuidad y con un desarrollo emocional de un niño de 5 años, mientras aquel hombre, al que el colectivo registra como una persona honesta, honorable y sin mácula aparente, es en realidad un pervertido.

La vida del ser humano nunca es tan simple, como recurrentemente leemos en los fallos judiciales.

Enaltezcamos al litigante, a ese ser que asume con toda su energía las causas que llegan a su despacho, que enfrenta todos sus casos como si fuera la última oportunidad que le pone de presente la vida. Sólo un hombre puede acercarse a la verdadera personalidad del acusado: el abogado. Pero cuando hablo del abogado, me refiero a este en letras mayúsculas, como la persona que en un mismo momento tiene la capacidad de defender y de comprender la complejidad de lo que ocurre en el interior de su cliente. Los seres humanos en general tenemos un lado que mira al sol y otro a la luna, un lado claro y otro muy oscuro.

Decía Hipócrates que su misión en la vida se limitaba a curar al enfermo, no a acabar con la enfermedad. Nosotros los abogados no defendemos al crimen, sino al ser humano. Algo que parece tan elemental, y, sin embargo, hay sectores que no lo entienden y caen en la trampa de confundir al abogado con el procesado. Defender a alguien no significa que se le esté dando la razón. Yo defiendo inocentes, pero también a culpables, porque creo que el defender no implica disculpar, sino comprender y tener los elementos suficientes para aclararle los hechos a la sociedad. En una democracia, en todo caso, no puede haber causas indefensables.

Entiendo el derecho como un mecanismo para resolver problemas, no para crearlos. Convencido estoy de que nuestra profesión es, de lejos, la manera más civilizada y eficaz para la consecución de acuerdos. Los argumentos remplazaron las espadas. Cuando se habla de la búsqueda de la paz, no dejo de creer que esta estará más cerca, en tanto más lejos se hallen las injusticias. El ejercicio arbitrario de la justicia es una de las principales fuentes de donde brota la violencia. La injusticia duele, lacera el alma, destroza las ilusiones, borra los sueños, elimina la autoestima y derrumba la lucidez. No hay nada que genere más resentimientos que el ejercicio arbitrario de la justica.

Las injusticias, muchas veces, trascienden los linderos del proceso judicial. Cuántas personas inocentes se ven abocadas a cargar por el resto de sus vidas con el lastre del prejuicio. Así establezcan durante en el sumario que son inocentes y recuperen su libertad, nunca podrán recobrar su honra.

La injustica deprime al universo social, destroza la confianza, daña irremediablemente a los ciudadanos. Hace ya bastantes años nos lo advirtió Montesquieu: “cualquier injusticia contra una sola persona representa una amenaza hacia todas las demás”. Por eso, cuando la justicia se pone al servicio de determinadas causas políticas, se desnaturaliza, se corrompe; ella misma se encarga de desprestigiarse. Que las controversias y las diferencias ideológicas se diriman en el bello campo de la batalla democrática, sin que los fiscales y jueces metan sus narices en aquellos asuntos que les son totalmente ajenos. No hay nada más nefasto para una democracia, que una justicia politizada.

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Los juicios tienen un asombroso parecido con las guerras. Al igual que aquellas, para que estos sean exitosos, se necesitan recursos y tiempo. Las armas son los argumentos. Por eso no creo que haya malos abogados, sino malas ideas. Los ejércitos son los equipos de trabajo que requieren de un mariscal de campo que prevea los movimientos de su rival, que guíe a su tropa por caminos sin campos minados y sepa con antelación cuál es la estrategia para reducir el riesgo. La pelea podrá ser muy dura, pero hasta que no termine, no hay nada escrito. El proceso penal es una batalla, en la que solo sobreviven los mejores guerreros, aquellos que saben utilizar las herramientas que tienen a la mano, en el momento y en la medida necesarias. Sin sacrificio, jamás habrá victoria.

Ahora bien: todo abogado defensor debe estar preparado para ganarse un sinnúmero de enemigos. Algunos, develados, y muchos, agazapados, que atacan desde las sombras, desde el cobarde anonimato. Y eso hay que tenerlo presente para afrontarlo con la entereza que merece. Un abogado no puede pretender estar en la guerra por una defensa, sin recibir ataques. Quien no se sienta en capacidad de asumir ese costo es mejor que se dedique a menesteres menos azarosos. De algo estoy seguro: quien es capaz de litigar en Colombia puede manejar en El Cairo un carro sin frenos, a doscientos kilómetros y con los ojos vendados, sin chocar con nada ni nadie.

Exponer los argumentos sin temor, ejercer la defensa sin sonrojarme, enarbolar las tesis, por más polémicas que resulten, con honor y entereza, son obligaciones ineludibles para mí. El mejor coctel de todos: pasión y talento. Tengo la gran fortuna de decir lo que pienso porque no aspiro a nada; no es mi objetivo el complacer a los demás, pues mi conciencia ha desarrollado una suerte de blindaje a las hipotecas. Mi compromiso es estar siempre del lado de la razón, sin hacer mayores valoraciones sobre quién la tenga.

Desde los tiempos del general Santander se ha dicho que el nuestro es un país de abogados, un país de derecho. Tal vez aquello sea cierto. Lo grave, lo delicado, lo angustiante es que no haya justicia en Colombia. Por eso, en diferentes escenarios y ante distintos interlocutores he insistido en la urgencia de una reforma integral, real y permanente de la justicia. Hemos perdido la perspectiva, olvidando que el bien más preciado con el que puede contar una sociedad es, precisamente, la justicia. Sin ella, el caos da un golpe de mano, se enquista y daña todo lo que encuentra a su paso. Cuando la justicia se desquicia y se politiza, nos condenamos al desastre.

Abundan los ejemplos en la historia universal de personas buenas que son perseguidas judicialmente por sus ideas. Los Cátaros, esos cristianos del siglo XIII, radicales en sus ideas, profundos en su espiritualidad, que con la fuerza de sus convicciones pusieron en jaque el poder que entonces ostentaba el Vaticano. Fueron perseguidos, acorralados, juzgados y condenados por herejía. Su “delito”: negar la existencia del infierno.

Desde siempre nos han amenazado con el castigo, ya sea en la Tierra, ya sea en el más allá; pero, ¿cuántos no son sometidos a los rigores de la ley humana de manera injusta? En sus Meditaciones del Quijote, Ortega y Gasset hace una exaltación de la vida humana como la realidad radical: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Me atrevería a complementar la reflexión de don José, al decir que el abogado defensor exitoso es aquel que tiene la capacidad de imbuirse plenamente en las circunstancias de su prohijado, porque juzgar no es un ejercicio mecánico de castigar, ni de prevenir. Juzgar, también implica la comprensión integral de los hechos que son materia de investigación, de las circunstancias personales del procesado; conocer su psicología y, en la medida de las posibilidades, adentrarse en el complejo universo de sus emociones.

Fijar a la riqueza material como meta única en el ejercicio del derecho constituye una deformación de la naturaleza de esta hermosa profesión. Siempre debe estar la justicia en el primer lugar, y todo lo demás que venga por añadidura. Con lealtad, con apego a las normas y teniendo el referente de que la ley es el único mecanismo que hace a las personas iguales, debe desarrollarse el ejercicio profesional del abogado, que es la persona indicada para hacer algo por aquellos que nada tienen. El dinero, al final del día, es una baratija; la gloria, en cambio, se constituye en un tesoro de incalculable valor.

Cuando terminé de leer la carta en la que nuestro señor Rector, el Doctor Ramsés Vargas Lamadrid, me comunicó que el Consejo Directivo de la Universidad resolvió otorgarme este título honoris causa, de inmediato hice un recorrido mental por mi vida personal y profesional. Recordé aquellos fabulosos años en las universidades en las que adelanté mis estudios de pregrado, postgrados y maestría, los primeros procesos penales y todas las preciosas batallas en las que me he tenido que batir, sin temor a las consecuencias, ni a los señalamientos. Heridas son muchas, pero lo más grato que tienen las laceraciones es que nos brindan la oportunidad de registrar, día a día, su sanación y ver cómo todo, paulatinamente, vuelve a su estado natural. El hombre guerrero no busca la pelea; la pelea lo encuentra a él, y, una vez se reúnen, el guerrero demuestra de qué está hecho en realidad.

Debo decirles, apreciados amigos, que ha valido la pena. No oirán de mí queja alguna. Cuando mi paso por este mundo culmine, basta con que mi existencia se pueda resumir en los versos del argentino Joaquín Areta:

Quisiera que me recuerden

Por haber hecho camino,

Por haber marcado un rumbo,

Porque emocioné su alma

Porque se sintieron queridos,

Protegidos y ayudados,

Porque interpreté sus ansias,

Porque canalicé su amor…

Con aquella carta del Doctor Vargas Lamadrid en la mano, tuve un instante también para reflexionar y fijar mis pensamientos en los ciudadanos que sufren la injustica, que están padeciendo los rigores del encierro por cuenta de procesos sustentados sobre bases falaces, cuyos nombres y honras han sido pisoteados por una opinión pública que, a veces, parece regodearse con la desventura de los otros. Ninguna admiración puedo sentir por quien goza con la infelicidad de alguien que ha caído en desgracia. A aquellos, basta con recordarle la sentencia de Carrara: “Cualquier hombre honorable podrá pensar que nunca en su vida cometerá un delito, pero ay de aquel loco que piense que nunca en su vida será procesado”. A los culpables, que les caiga todo el peso de la ley; a los inocentes, que brille para ellos la más preciada de todas la posesiones de un ser humano: la libertad. No solo se hace justicia, cuando se condena al culpable, también y, en mayor medida, cuando se absuelve al inocente.

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Nosotros los abogados penalistas sabemos que nuestras vidas están determinadas por los indicios. En nuestra profesión el “se dice” no juega ningún papel. Lo que digan los periódicos resulta irrelevante, si la realidad reflejada en el expediente es totalmente opuesta a la que tiene la sala de redacción. Lo que no hace parte del sumario no existe.

Sin embargo, debemos saber comunicar, transmitir, exponer lo que sucede. En el mundo contemporáneo, donde los procesos se adelantan en los despachos judiciales, en las cabinas de radio, en los sets de televisión, en las rotativas de la prensa escrita y en ese inconmensurable y muchas veces irresponsable universo de las redes sociales, el abogado defensor debe gozar de una versatilidad que le permita batirse con solvencia en todos esos frentes.

Los Tribunos Plebis de la Roma antigua eran grandes comunicadores, doctos a la hora de defender a la plebe ante los magistrados y hábiles, cuando les correspondía exponer los casos que se trataban, en lenguaje sencillo para que quienes no fueran instruidos pudieran comprender la complejidad de los procesos.

El poeta irlandés William Butler recomendaba a sus interlocutores, con mucha razón y certeza, que pensaran como hombres sabios, pero que comunicaran en el lenguaje que la gente del común pudiera comprender. Esta sencillez no riñe, en absoluto, con la estética. Todo lo bueno que tiene el ser humano se origina, precisamente, en la estética. La pulcritud en el hablar, en el uso indicado de las palabras, la utilización precisa de los ejemplos. Las formas ocupan un lugar tan relevante como los fondos.

Toda obra humana que se emprende sin amor tiende a fracasar o, lo que es peor, a arrojar un resultado mediocre. Sin amor, toda virtud humana, inexorablemente termina siendo un defecto. En los claroscuros de la vida, donde se conjugan el bien y el mal, se entremezclan las bondades con los perjuicios, se conoce en profundidad al hombre, con todo lo bueno que le puede aportar a su entorno, pero también con una abrumadora capacidad para hacer daño, para perjudicar a quienes lo rodean. Defender a alguien es un acto creativo; obliga a pensar más allá de lo que a primera vista resulta evidente, a trascender la frontera de lo políticamente correcto, si llegare a ser necesario, para convencer a quien juzga de que la acusación carece de sentido. Los juicios son parecidos a las películas de cine: son exitosos si hay un buen reparto y una buena historia.

Rememorando al maestro Jacques Vèrges, quiero hacerles un reconocimiento a los defensores. Elogio especial merecen los abogados del futuro, capaces de comprender a los seres humanos, a los nómadas del gran desierto y a los campesinos de las colinas; a los cazadores de las sabanas y a los pescadores de las lagunas; al animista, al budista y al musulmán; al Católico y al ateo; a la víctima y al victimario; al ser que confía y al ventajoso que lo estafa; a la mujer adúltera y al esposo celoso; al aborigen y al colono; al terrorista y al legionario; al capitalista y al proletario; al puritano y al libertino. Mis respetos al abogado que es lobo de las estepas y zorro del desierto, númida, romano y griego a la misma vez; a ese abogado que es capaz de experimentar todas las metamorfosis: hombre y bestia, mago y poeta, sensible y rígido. A ellos, toda la admiración.

A mi esposa Ana Lucía; a nuestros hijos, Lucía, Salvador y Filippo (que viene en camino); a mis padres, al resto de mi familia, a mi gran equipo y a mis entrañables amigos aquí presentes, les dedico, desde el fondo de mi corazón, este inmerecido reconocimiento. A ellos, mi eterna gratitud. Su apoyo incondicional, su compañía permanente, su amor y su bondad son el mejor regalo que me da la vida. Analu: tú y mis hijos son la principal motivación que tengo cada mañana cuando salgo a enfrentar al mundo.

A Ustedes, estimados directivos de la Universidad Autónoma del Caribe, profesores y estudiantes, todo mi agradecimiento por tan generosa distinción.

Muchas gracias.